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Lucha maestra Hay un debate pendiente


03-03-2026 11:27:36
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El tercer año del gobierno de Javier Milei tiene como característica la transformación profunda de las condiciones de vida de las personas en todo el mundo. En consonancia con la ofensiva política de los sectores más concentrados de la economía y un lenguaje de odio hacia todos los sectores que expresan algo de humanidad, buscan naturalizar la ley de la selva y la ausencia del Estado en la protección de los grupos más vulnerables. Frente al incumplimiento de los preceptos constitucionales, es importante volver a discutir cuáles son las necesidades de nuestro pueblo hoy y de qué modo vamos a fortalecernos como sociedad. Evidentemente, las abstracciones jurídicas no pueden ser apropiadas simbólicamente por los ciudadanos y ciudadanas, en tiempos en que nuestro cerebro está sobreestimulado por el brillo de las pantallas que pululan en el espacio público y lo más íntimo de lo privado.

La vida laboral estaba formateada de este modo flexibilizador desde antes de que se apruebe la reforma. En muchas empresas privadas la mitad de los sueldos se pagaban en negro, las escalas salariales funcionaban con convenios de otras ramas, no se les pagaban horas extras realizadas, se les daban vacaciones en función de las necesidades de la producción, muchas veces impidiendo una articulación familiar para poder viajar juntos. Es una realidad incómoda. Las peleas sectoriales por ramas tienen una ventaja cuando el gobierno es partidario de una redistribución de la riqueza, porque permite y avala paritarias que le ganan a la inflación, porque inyecta plata a las obras sociales, porque mediante subsidios en los servicios básicos y en el combustible permiten que los más vulnerables lleguen a fin de mes, y les brinda a la clase media capacidad de ahorro.

¿Qué falló que la mejora del poder adquisitivo no generó conciencia? ¿Qué se perdió que lo aspiracional se hizo cargo de nuestras vidas?

Ya sea en la década ganada o en el gobierno desnaturalizado por la pandemia de Alberto, se plantearon políticas públicas en consonancia con las necesidades del pueblo. Las intervenciones del Estado, ya sea en obra pública, en servicio público, en materia de desarrollo social, en asistencia a cooperativas y Pymes, en cultura, en educación, en salud, no se politizaron. No se planteó claramente que con esas intervenciones estatales estábamos enfrentando la concepción meritocrática de la vida. Si bien el neoliberalismo no parece una filosofía, sino una pragmática que no admite discusión, para enfrentarlo hace falta una concepción superior de la vida humana y del rol del Estado en el cuidado de la comunidad. Lo simbólico del neoliberalismo es la supervivencia del más apto, pero la desigualdad originaria hace que sea imposible competir con quienes arrancan la carrera a metros de la meta. Parece que corren en un auto de Fórmula 1 mientras nosotros vamos en bicicleta.

El gobierno de Néstor Kirchner y luego los dos de Cristina Fernández tuvieron esa impronta. Se mejoraron las condiciones de vida de las personas, hubo crecimiento económico, se fortaleció el mercado interno, crecieron la industria y el comercio, se aumentaron los salarios hasta llegar a ser los más altos de Latinoamérica. Creíamos que la mejora de las condiciones materiales de la sociedad iban a redundar en una toma de conciencia. Se adoptaron nuevas tecnologías y se promocionó su utilización sin reflexionar acerca de la injerencia política que podían tener. Se le otorgaron créditos para construir viviendas a la clase media, también hubo créditos para vehículos. La mayor parte de ese sector social votó en contra del proyecto de país que le dio dichos beneficios. ¿A qué se debe?

El neoliberalismo no es un fenómeno local, es una estrategia mundial que utiliza expresiones locales y que se ha ido reinventando en los últimos 50 años. Es una estrategia de concentración del capital en cada vez menos manos que tiene expresiones locales pero a la vez tiene una cosmovisión integradora. No importa que seas rico o pobre, no importa que vivas en India o en Chile: “Si te sientes consumidor eres nuestro amigo”. El lenguaje del marketing acompañó estas estrategias de las corporaciones y fue marcando los tiempos que se vivían. Desde su primera etapa en la que se buscaba esconder o disfrazar las intenciones de concentración de riquezas y creación de monopolios, de discurso democrático, de respeto a los organismos internacionales, a las reglas de juego.

Hoy ya no importa la legalidad. Se naturaliza la impunidad de los poderosos (véase los archivos desclasificados de Epstein), las potencias se mofan de los organismos que ellos mismos construyeron y de las reglas que impusieron para garantizar su hegemonía. Las publicidades fueron incentivando de maneras sutiles los modos de comportamiento esperados al tiempo que los noticieros estigmatizaban las actitudes colectivistas, la organización de las clases populares en partidos políticos. El ejemplo más claro es que los sectores conservadores siempre fueron más corruptos y sin embargo todo el sistema político sufrió las consecuencias de las denuncias con deslegitimación creciente.

La educación como derecho sufrió un ataque permanente desde comienzos de los años 90 a la actualidad. La ley Federal primero, el desfinanciamiento cada vez mayor luego, la reforma de contenidos curriculares orientados sobre todo a la inserción laboral en contextos de precarización. La narrativa de que el trabajo dignifica, fuera de todo contexto, es una abstracción si no se tiene en cuenta que ese trabajo no sirve para garantizar los demás derechos como salud, vivienda, alimentación, vestimenta. Los docentes de escuelas públicas fueron estigmatizados como vagos y manipuladores durante mucho tiempo. Previo al neoliberalismo, al docente se lo quería. Hay que ponerse a pensar cuáles fueron las estrategias con las que lograron destruir ese imaginario social en el que la escuela cumplía con un rol formativo de futuros ciudadanos honestos. La pérdida de identidad es un proceso que se extendió por muchos años, en los cuales perdimos en gran medida el valor social que le atribuíamos a las cosas, a las personas y a los roles sociales que cumplían, en manos de la riqueza, las finanzas como fines en sí mismo.

La reconstrucción de valor social es una tarea que nos exige pensar el todo. No sirve de nada que pensemos soluciones sectoriales, ni salidas individuales, porque la construcción de valor social parte de empezar a percibir de otro modo a los demás. En notas precedentes, escribí acerca de la necesidad de valorar lo que hacemos para construir una sociedad mejor. Comprender la importancia de que los docentes sean reconocidos y valorados es imperioso, porque los ubica en un lugar de cuidado, de respeto, de afecto. Las mismas condiciones que les exigimos a la hora de evaluar sus tareas al frente del aula donde se encuentra nuestro hijo o hija. Salarios dignos, condiciones edilicias e infraestructurales decentes, una carrera docente con especializaciones financiadas por el Estado, obra social que cubra todas las necesidades en salud, y currículas que preparen a nuestros niños y niñas para que sean buenos ciudadanos y no sólo consumidores, son algunas cuestiones por las que luchan los docentes y por las que deberíamos luchar todos quienes creemos en la importancia de la educación pública de calidad.

La guerra contra los y las laburantes comenzó hace mucho. Esta es sólo una etapa más que nos exige nuevas estrategias para nuevos escenarios y actores sociales diferentes. Esta tarea nos requiere un proyecto de país y de mundo que le dispute a la meritocracia de los consumidores el sentido de lo importante, de lo que está bien y de lo que no lo está. Si bien la historia no va en contramano, hay cuestiones identitarias que podemos rescatar porque tenemos guardadas en el corazón muchas escenas en las que la maestra era amada y admirada. Tomo el caso de la docencia porque son, junto a los empleados de salud, las personas que tienen tareas de cuidado dentro de sus rutinas laborales y, a su vez, son quienes más han sufrido el desprecio y la persecución en la estrategia que el poder ha tenido hacia las clases populares en los últimos 50 años de manera intensiva. Hay que poner en valor las actitudes solidarias, la contención de las infancias, la construcción de redes sociales. Son trabajos a largo plazo, está claro. Pero que lo urgente no se coma el horizonte, no nos difumine la utopía, porque si el nihilismo hace presa de nosotros les dejaremos a las generaciones venideras un desierto con seres semiesclavos.


 

Fuente : redaccionrosario.com

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