Don Arturo Pérez-Reverte:
Lo leí con atención. Y, como argentino, pero también como lector, me sorprendió que un escritor que ha dedicado su vida a narrar las complejidades del alma humana eligiera, esta vez, el camino más sencillo: la generalización.
Usted escribió que aquella selección no representó a la Argentina. Qué extraño destino para un novelista: reducir un país de casi cincuenta millones de personas a unos pocos segundos de una transmisión televisiva.
La literatura existe precisamente para combatir ese reflejo. Para recordar que detrás de cada multitud hay millones de historias distintas. Que un pueblo nunca cabe en una escena. Que una nación jamás puede resumirse en un gesto.
Jorge Luis Borges, infinitamente más grande que cualquiera de nosotros, escribió: “Nadie es la patria, pero todos lo somos.” En una sola frase explicó lo que usted decidió ignorar. La Argentina no es un grupo de exaltados. Como España tampoco es una minoría de violentos, de racistas o de nostálgicos del autoritarismo.
Sería profundamente injusto que yo dijera que España es el franquismo porque todavía existen quienes reivindican a Franco. Sería una barbaridad afirmar que España son los grupos neonazis que hoy vuelven a marchar por algunas ciudades. Sería una falta de respeto hacia millones de españoles que construyeron una democracia admirable después de una dictadura sangrienta.
No lo hago porque conozco la diferencia entre un país y sus extremos.
Argentina también conoce esa diferencia.
Mi país tuvo el enorme coraje de sentar en el banquillo de los acusados a los responsables del terrorismo de Estado. Juzgó a sus dictadores con las garantías del Estado de Derecho y los condenó. Fue un ejemplo para el mundo. Esa decisión no borró nuestras heridas, pero sí marcó un camino ético del que seguimos sintiéndonos orgullosos.
España, en cambio, aún mantiene abiertas discusiones que nunca terminaron de resolverse. Todavía hay fosas comunes esperando justicia. Todavía hay sectores que reivindican al franquismo sin el repudio social que merecerían. No se lo digo para humillar a España. Se lo digo porque ningún país está autorizado a dar lecciones morales desde una supuesta superioridad.
Y menos aún cuando se trata de dos pueblos unidos por una historia, una lengua y una cultura que deberían acercarnos mucho más de lo que un partido de fútbol puede alejarnos.
Usted es un escritor reconocido. Nadie puede negarlo. Pero justamente por eso esperaba otra cosa. Esperaba la inteligencia de quien distingue entre un episodio y una identidad; entre una reacción y una esencia; entre una multitud y un pueblo.
La literatura enseña a sospechar de las verdades absolutas. Enseña que los seres humanos somos contradicción, matiz y contexto. Cuando un escritor abandona esa búsqueda y elige el prejuicio, deja de escribir literatura para escribir resentimiento.
Disfrute el triunfo de España. Lo ganó en la cancha y merece el reconocimiento.
Pero antes de convertir a la Argentina en el espejo de todos los defectos, mire también a su propia patria con la misma severidad con la que juzga la ajena. Porque el verdadero intelectual nunca utiliza una victoria deportiva para condenar a un pueblo entero.
España y Argentina son demasiado grandes para quedar atrapadas en el enojo de un escritor o en los excesos de unos pocos.
Como decía Borges, nadie es la patria. Pero todos la representamos un poco.
Y precisamente por eso conviene escribir con la prudencia que exige hablar de un pueblo entero.
Fuente : diarioar.ar
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