Como paradoja de un tiempo histórico tormentoso para las clases populares de nuestra América y el mundo, en la misma semana de enero 2026, en que -en su intento por descalificar la filosofía política moderna- nuestro presidente anunciaba en el Foro de Davos: “Estoy aquí para decirles que Maquiavelo ha muerto”, buscando así reafirmar una supuesta ética de mercado, garante de los valores occidentales, fuente de toda justicia… Como retorno impredecible, o como resurrección de un Che cristiano, balbuceando memorias habitadas de palabras proféticas tras sesenta años de silencio sepulcral, habló la tierra… Reapareció Camilo, el cura sensible e insurrecto del pueblo colombiano.
En el momento menos pensado, como reafirmación de la vida y de la lucha, emergieron, literalmente enraizados como brotes de potencia crítica de cambio social, sus restos históricamente sepultados por el terror, para asegurar el olvido de su ética y su compromiso. Como dirían precisamente los filósofos, retornan viniendo a negar su negación. Vuelve la figura del sacerdote de los explotados y oprimidos, Camilo Torres Restrepo (1929-1966), el que combatió en todos los terrenos de un tiempo agitado y rebelde, confirmándose anclado desde siempre, en la memoria silenciosa de los pueblos sojuzgados.

Camilo Torres Restrepo, el sacerdote de los oprimidos. Foto: Telesur
Joven sociólogo hijo de la burguesía colombiana, un verdadero teólogo de la liberación que supo construir una pedagogía de la praxis política, del abrazo y la proximidad al diferente. Pero también al “común”, del que se sentía parte, hermano de sangre y de penurias. Las que, entendía, no podían ser destino inexorable. Su vida pastoral y militante habló (y lo sigue haciendo) de una pedagogía inserta en la cotidianidad de su gente. De allí que en sus construcciones teóricas, y fiel a su ética de una vida en dignidad, solo entendía su reino de Dios en la medida de la materialidad concreta y la eficacia real y presente del cambio, como orden de lo justo. Así es que a sus principios y valores sociales y humanos (cristianos) los tradujo, desde su sociología crítica y liberadora, en lo que enunció como una categoría fuertemente terrenal: el Amor Eficaz. Criterio básico de su práctica evangélica. No fue un hombre que se dedicara simplemente a contener y aliviar padecimientos, sino un revolucionario para la iglesia y el mundo. Que asumía el compromiso de poner palabra y cuerpo, acción y pensamiento, en clave de una radicalidad crítico-transformadora de la vida en comunidad.

Foto: Colombia Informa
Camilo muere a los 37 años, marcado por un contexto histórico de alzamientos populares, luchas de liberación y revoluciones. La revolución cubana de 1959, los años 60, las luchas anticolonialistas, los insurrectos paradigmas críticos que afloraban con los pueblos de los llamados países del “Tercer Mundo”. El horizonte socialista como alternativa al desarrollismo capitalista y sus políticas compensatorias, que buscaban aliviar sus múltiples desigualdades y pobrezas.
Su proyecto de vida estaba asociado a lo que llamó Socialismo Raizal, frente a las formas de la democracia liberal, y como anticipación material de su comprensión del proyecto de Dios. Portador de una sensibilidad práctica, una apertura teórica y un antidogmatismo proveniente de su estadía en la Universidad Católica de Lovaina (1954-1858), pero por sobre todo, de un registro humano de búsqueda incesante en aras de un fundamento que le permitiera comprender lo distinto, víctima de la misma estructura de poder. Construyó una ética pedagógica heterodoxa con las múltiples izquierdas de su tiempo. No trabajaba para, y por el pueblo humilde y trabajador, sino desde y con él. Su praxis, se asociaba a refundar vínculos de una democracia de base con perspectiva de clase, centrada en lo comunitario. Su mirada del “abajo”, no era un registro instrumental para la política, sino construcción situacional que partía de las problemáticas por las que atravesaban las comunidades. Su convergencia de vida y de mirada con el otro gran sociólogo colombiano de su mismo tiempo histórico, el intelectual Orlando Fals Borda y su Investigación Acción Participativa, que introducía una ruptura epistemológica profunda en el paradigma positivista de la ciencia hegemónica, fueron claves para que la perspectiva “sentipensante”, plural y diversa, se constituyera. Como escribe Nicolás Herrera Farfán (2025)[1], fue central en “la articulación de la praxis marxiana (Sánchez Vásquez, 2002) y el sentipensar falsbordiano (Fals Borda, 2002) para configurar la sentipraxis; impulsando el encuentro, el diálogo y la juntanza en la primacía de la realidad; asumiendo el horizonte del bien común de la HUMANIDAD (Houtart, 2014)”.

Foto: Colombia Informa
Farfán remarca que, entre las corrientes “camilistas” latinoamericanas, de las experiencias político-pedagógicas que se conocen, se registran sintonías y guiños cruzados en la riqueza de otros caminos construidos, desde al menos cuatro recorridos singulares. El primero, los puntos de evidente contacto que aparecen entre Camilo y Paulo Freire en la construcción dialógica de saberes, y una dialéctica entre pedagogía y política, en búsqueda de un/a sujeto/a protagonista de su propia construcción de saber, de conocimiento y de conciencia en la historia. El segundo, la relación con Fals Borda y la IAP (Investigación Acción Participativa), donde autogestión pedagógica, diálogo y registro sentipensante, participación, e investigación social son claves de un pensamiento autónomo de empoderamiento y transformación. El tercero, la llamada praxis prefigurativa que de alguna manera encarna el Movimiento Sin Tierra de Brasil, y que como escriben especialistas destacados/as (Isabel Rauber[2], por ejemplo) ha trascendido el reclamo de Tierra y producción agropecuaria, para una nueva subjetividad anticapitalista que fortalezca la organización, ampliando luchas y derechos. También está Camilo, en el “mandar obedeciendo” zapatista. Y el cuarto, la concepción ética del pensamiento emancipatorio de Enrique Dussel y la concepción de sujeto colectivo de la transformación, con que el planteo camilista encuentra perspectiva presente.
Como un juego de posiciones entre cambios de época, ahora que su memoria se ha hecho “resurgente” verdad para que sea justicia; y que florecen Jornadas Continentales del Amor Eficaz, con un reconocimiento del propio Estado colombiano a esa memoria; revisitar a Camilo Torres, el cura caído en combate por su propia opción, a los 37 años, en un tiempo de insurgencias y pedagogías insumisas, de rebeldías profundas e irrepetibles, reaparece hecho semilla, en su dimensión más humana de una ética implacable.
(*)Director del CEIDE Simón Rodríguez-UNR; Profesor Titular del NAE, Ciencias de la Educación (UNR).
[1] La praxis educativa de Camilo Torres. Nicolás Herrera Farfán (2025). Ed. Batalla de Ideas-Ariadna Ediciones. CABA.
[2] Isabel Rauber, destacada intelectual argentina. Estudia las experiencias de los movimientos sociales e indígenas latinoamericanos, en procesos de construcción de poder popular desde abajo, descolonización, interculturalidad, despatriarcalización, democratización y participación colectiva. Doctora en Filosofía. Profesora de la Universidad Nacional de Lanús.
Fuente : redaccionrosario.com
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