El monopolio privado de producción de espectáculos, la Municipalidad de Rosario y el Gobierno de la Provincia aúnan fuerzas. En el camino quedan los proyectos emergentes, auténticos y autogestivos.
La primera forma de “Estado” surge por la necesidad de que los niños, las mujeres y los ancianos, no pudiendo cazar su propio alimento, tengan la posibilidad de alimentarse de todos modos. ¿A qué viene esta obviedad? A lo siguiente: el Estado tiene el propósito de equiparar las posibilidades o al menos las oportunidades entre los que más tienen y los que menos tienen.
Una realidad bien distinta nos arroja la utilización del Estado por parte del gobierno nacional, y a esa moda se suman el municipal y el provincial. Se suman o quizás fueron precursores de ella.
La misma lógica que rige en el neoliberalismo más extremo de la historia de la humanidad es la que impera en el Estado a la hora de tomar decisiones de gestión sobre cada aspecto de la vida de los rosarinos. La gestión de la cultura, por supuesto, no queda afuera de esta tónica.
La industria de espectáculos en Rosario muestra un mapa gobernado por Asfalto Producciones, dueños del Centro Cultural Güemes, La Sala de las Artes y cogestores del Bioceres Arena junto a All Press, una empresa de producción de espectáculos que apuesta por propuestas internacionales y porteñas de alta convocatoria. Ambas son empresas privadas que cumplen un rol monopólico y clave en la actividad nocturna de la ciudad acaparando la mayor cantidad de los recursos generados por los recitales en Rosario.
El estado provincial y municipal, por su parte, fomenta la actividad de ambas empresas privadas con una batería de acciones tales como coproducir eventos con las productoras mencionadas, construir y otorgarles la concesión del primer estadio Arena de la ciudad con capacidad para más de tres mil personas y organizar juntos los festivales de verano públicos de la ciudad: festival Faro y Noches de Lunario.
En el caso del festival Faro la participación (desde las sombras) de las empresas monopólicas se ve en la colocación de los artistas con los que suelen trabajar durante todo el año tanto Asfalto como All Press. Al convocar “productos” pertenecientes a agencias o mánagers del círculo de confianza de las empresas aportan al negocio que sostienen cotidianamente en sus tres salas de conciertos.
En el caso de las Noches de Lunario, organizado por el monopolio, los flyers de las distintas fechas tienen los logos tanto de la Provincia como de la Municipalidad, pero en ninguna parte de la información disponible se especifica cuál es la calidad de participantes de ambos gobiernos, no se sabe si acompañan, organizan, producen o sponsorean. Lo que sí se sabe es que la mayoría de las Noches de Lunario (para muchas de las cuales se cobra entrada) son en el anfiteatro municipal Humberto De Nito, un espacio muy recientemente vallado al que los rosarinos solían tener un acceso libre y propuestas gratuitas para disfrutar.
Además de este trato desvergonzadamente carnal entre el actor principal de la industria y el organismo que debiera regular la actividad industrial, la Municipalidad complementa este buen trato usando la Secretaría de Control y Convivencia (concepto orwelliano y lineal) como brazo armado contra la competencia potencial que pueda surgir a ese negocio redondo de festivales y recitales público-privados cumpliendo una función de Estado-Empresa e incurriendo en una competencia desleal, favoreciendo a los más poderosos y en detrimento de los menos poderosos. La Municipalidad utiliza los recursos públicos para favorecer los negocios privados del monopolio de producción de entretenimientos más grande de la región, exigiendo como única contraprestación que logren que la ciudad parezca volver a tener una actividad cultural que en realidad no tiene.
Apenas se empieza a reflejar en los números o en la actividad de la gente un nuevo movimiento, con sus espacios culturales, sus expresiones artísticas y su potencia transformadora de la realidad, un verdadero ejército de inspectores municipales acude con urgencia ante alguna supuesta llamada de ruidos molestos a multar o clausurar el lugar, aludiendo falta de regulación. Son incontables los casos de centros culturales y salas de conciertos con una vida efervescente que fueron asfixiados hasta su desaparición. Uno de los más emblemáticos es el caso de La Chamuyera, una tanguería céntrica que albergaba toda clase de músicas y personas en las largas noches de milonga, rock, cumbia, poesía o lo que sea que el verdadero pueblo quisiera expresar.
Una fatal noche, algún vecino supuestamente harto de los ruidos molestos del local arrojó una botella de vidrio desde el balcón de su departamento impactando en la cabeza de una chica que quedó en silla de ruedas. La acción que inexplicablemente tomó el gobierno rosarino ante este atentado fue cerrar el centro cultural, el agresor o la agresora nunca fue identificado y permanece impune.
El caso de La Chamuyera es un ejemplo cabal del modelo de nocturnidad que la Municipalidad busca, el reino de las denuncias de ruidos molestos y la desaparición de las expresiones culturales significativas y genuinas de sus ciudadanos. El gobierno logra su cometido: las calles de Rosario, inclusive las céntricas, son un desierto absoluto todas las noches, sólo vemos las veredas atestadas de gente tomando cerveza en birrerías artesanales (que parece que no provocan ruidos molestos), eso sí, sólo gente del centro que vive a pocas cuadras de esas birrerías.
En caso de que las personas de los distintos barrios alejados del centro quieran acercarse a pasar la noche en Pichincha, el centro, la costanera o cualquier otro lugar, deben gastar un dineral en trasladarse en taxi o Uber puesto que, en concordancia con el plan de desertificación de la noche de la ciudad, la Municipalidad deja sin transporte público a toda su población. Como bien sabe cualquiera, un fin de semana después de las diez de la noche ver pasar algún colectivo es motivo de pedir un deseo y a la gente no le sobra el dinero como para andar pagando un taxi de más de 20 mil pesos desde el centro hasta alguno de los barrios periféricos de la Cuna de la Bandera.

Foto: Juan José García
De esta manera, en una movida magistral se mantiene la noche de Rosario libre de aquellos delirantes que Charly García quería ver por ahí bailando en una calle cualquiera, se ahorra en personal policial para controlar, se ahorra en poner en marcha una conectividad para la actividad nocturna de la ciudad, se mantiene el status quo del negocio del entretenimiento en dos pares de manos privadas con las cuales ya está todo arreglado y, por último pero no menos importante, se controla quién sube a un escenario y qué es lo que se dice desde ese espacio.
Como estado es una planificación perfecta: la gente sólo se concentra en tomar sus cervezas viendo si logra la simpatía de algún acompañante ocasional y no se alborota con las ideas estéticas y éticas que proponen las infinitas (y no exagero) expresiones culturales que tiene la ciudad, a pesar del esfuerzo que el gobierno compromete para que dejen de existir.
En el caso de la música está muy claro el modelo, la idea de “la muni” y “la provincia” es subir a los escenarios pagados con el presupuesto público a artistas (en su gran mayoría del mainstream porteño) que tengan un mensaje lavado e inocente.
Sin realizar un juicio de valor sobre el arte de los demás me atrevo a sugerir que escuchen a los artistas de las grillas del festival Faro o de las Noches de Lunario (¡que impresionantemente no incluyen ni a un sólo músico rosarino!): Zoe Gotusso, Koino Yokan una banda de covers (otro fetiche de la Municipalidad), Gauchito Club, Alejo, El Zar, Alan Sutton, Lisandro Skar, La Grecia, Silvestre y la Naranja, Facu Martínez o Nuestro Romance. Todas estas agrupaciones contratadas en los festivales Faro y Noches de Lunario tienen un mismo denominador: sus éticas y sobre todo sus estéticas están despojadas de toda crítica social o rebelión; son pulcros, bonitos, hasta chetos y cantan canciones que hablan de amor o de “tantos hoteles caros que me acostumbré”.
Y como siempre están “el hijo de” o “el instagramero cuñado de” que terminan siendo quienes generalmente se benefician con gran parte del presupuesto de la Secretaría de Cultura para realizar recitales públicos. Todo queda entre amigos y familia, una fiesta del nepotismo y la oligarquía desvergonzada y ejercida abiertamente con fondos públicos.
Es lógico que el público rosarino llene el festival Faro, bien organizado con bandas de buen nivel técnico, al aire libre y con mucha gente, es un gran plan para cualquier laburante que quiere relajarse y pasar un buen momento. En eso triunfa la Municipalidad y el gobierno provincial sacando un gran rédito político, haciendo parecer a la ciudad un polo cultural activo y al mismo tiempo controlando que el discurso que se desprende de los artistas en el escenario no interpele ni subleve al público abordando temas de conflicto o crítica, manteniendo la paz social que tanto buscan imponer como logro del socialismo.
Es también lógico que alguien que trabaja ocho o doce horas por día no tenga tiempo de hacer una investigación exhaustiva para elegir qué contenidos culturales son los más adecuados para sí, de hecho la gente ya casi no elige qué escuchar lo cual lleva a casos como el de Spotify que enfrenta un problema estructural con la proliferación de artistas ficticios creados para alimentar playlists adaptables al estado de ánimo buscado por los consumidores, reducir costos de regalías y maximizar beneficios dentro de la plataforma.
Sin embargo el circuito alternativo es cada vez más grande, resiste y se expande contra la corriente de luchar no sólo ante el monopolio privado de Asfalto y All Press sino también contra el gobierno provincial y municipal. Allí es donde toma importancia la elección cotidiana de los ciudadanos: ¿Vas a ir a ver a los hijos de los poderosos que acumulan cada vez más poder con negocios turbios que comprometen fondos públicos para ganancias privadas, o te vas a arriesgar a investigar un poco más y aventurarte a la vastísima oferta cultural construida autogestivamente por los verdaderos actores de la verdadera cultura de una ciudad que busca que todo sea ropa de marca, canciones de amor y hoteles caros?
Tu decisión define si la música DE ROSARIO sigue existiendo o se marchita condenada al ostracismo.
Fuente : redaccionrosario.com
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