Dicen sus compañeras que Azucena Villaflor de De Vincenti, convocando a la primera cita con la urgencia montada sobre su propia desesperación, les dijo a esas doce mujeres en su misma situación, que la escuchaban como quien sigue a una líder natural: “Así no conseguimos nada. Nos mienten, nos cierran las puertas. Tenemos que ir directamente a la Plaza de Mayo y quedarnos allí hasta que nos respondan. Tenemos que llegar a ser cien, doscientas, mil madres, hasta que todos se enteren y el propio Videla se vea obligado a recibirnos.” No se equivocó. Acababa de dar un paso histórico y colectivo. Sin ser consciente de ese acto fundacional, impulsó la primera semilla de una gesta inigualable que hace rato reconoce el mundo.
El hijo de Azucena, Néstor, había sido secuestrado un año antes. Lo buscó sin descanso por comisarías, juzgados y hospitales hasta el 10 de diciembre de 1977, en que un grupo de tareas de la Marina, a plena luz, armados y en dos autos, la secuestró cerca de su casa de Sarandí mientras cruzaba la Avenida Mitre, el mismo día que se publicaba la primera solicitada en reclamo por los desaparecidos con la lista de nombres y apellidos de quienes buscaban. Ella iba tras un kiosco de diarios con su bolsa de los mandados.
La cacería criminal había comenzado dos días antes, el 8 de diciembre de 1977. Ese día se llevaron a María Esther Ballestrino de Careaga y Mary Ponce de Bianco; las monjas francesas Alice Domon y Lèonie Duquet y siete familiares. Todos ellos fueron secuestrados por el grupo de represores de la ESMA. La mayoría de las víctimas salían de la Iglesia de la Santa Cruz, en el barrio porteño de San Cristóbal. Alfredo Astiz, como “Gustavo Niño”, se había infiltrado en el grupo con una mentira vil: encontrar a su (falso) hermano desaparecido. Tras la tarea de “Judas”, secuestraron a los doce, los torturaron y arrojaron al río de la Plata en los vuelos de la muerte.
Se sabe de los tormentos que padeció en cautiverio, así como lo sufrido por sus compañeros de búsqueda y otros miles que atravesaron el inframundo de la ESMA. Azucena fue arrojada viva al mar, que devolvió su cuerpo junto a los de cuatro compañeras (Esther Careaga, Mary Ponce de Bianco, la religiosa Lèonie Duquet y Ángela Auad), como si su espíritu se negara, obstinadamente, a reconocer la muerte. Sus restos fueron identificados y recuperados en 2005 por el Equipo Argentino de Antropología Forense. Mucho antes, su marido, Pedro, había fallecido esperando su regreso.
Mientras el reo Alfredo Astiz cumple su condena a cadena perpetua cómodamente instalado en la cárcel VIP de Ezeiza y recibe visitas de legisladores adictos al gobierno mileísta, las cenizas de Azucena descansan sepultadas por partida doble, al pie de la Pirámide de Mayo y también en el solar de la Iglesia de la Santa Cruz. Cada primavera, su hija Cecilia compra un ramo de azucenas para homenajearla.
El texto es de Héctor Rodríguez 10 de diciembre / Día Internacional de los Derechos Humanos #AzucenaVillaflor #MemoriaVerdadJusticia #losdocedelasantacruz #MadresDePlazaDeMayo
Dicen sus compañeras que Azucena Villaflor de De Vincenti, convocando a la primera cita con la urgencia montada sobre su propia desesperación, les dijo a esas doce mujeres en su misma situación, que la escuchaban como quien sigue a una líder natural: “Así no conseguimos nada. Nos… pic.twitter.com/iOO8kLe1Up
— Alicia H.A (@cirujana_yo) December 11, 2025
Fuente : x.com
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