Leyenda del tenis, Willy también fue amigo y fanático de los Rolling y de Spinetta. Fue poeta y tuvo su propia banda. “Eligió sentar una posición en el mundo cultural”, remarcó Pablo Amalfitano, autor del libro que lo cuenta fuera de las canchas.
“Por sobre todas las cosas, Vilas fue una persona curiosa”, le dice a este medio Pablo Amalfitano. A tal punto llegó esa curiosidad que a los 7 años quiso conocer los entresijos de la muerte. Vació un cajón de juguetes, se metió adentro y le pidió a su hermana mayor que se sentara arriba. “No me abras para nada, eh. ¡Para nada!”, le indicó.
A la curiosidad le fue ganando el miedo y la desesperación. Del encierro y de la obediencia extrema de su hermana lo salvaron los gritos que escuchó su madre. “Aquella vez casi termina la carrera tenística que todavía no había comenzado”, recordó tiempo después.

Ilustración y diseño de tapa: Belén Mestralet | Diseño de interior: Ana Paoletti
Relatos como estos se leen en el libro de reciente aparición El otro Vilas. Historias escondidas de una vida irrepetible (Ediciones Al Arco), de Pablo Amalfitano. “Una figura como Vilas ya está contada y sobrenarrada en términos deportivos”, dice el autor para explicar: “Este libro trata de contarlo como una figura fuera del tenis y por su dimensión cultural sobre todo”. Pero –advierte– “tampoco alcanza, porque es un tipo inabarcable”.
Guillermo Vilas ganó cuatro Grand Slam: Roland Garros y el US Open en 1977, y dos veces el Australia Open (1978 y 1979). Wimbledon, que se disputa sobre césped, fue su cuenta pendiente. Para eso se inventó una frase: “El pasto es para las vacas”. Pero su ingenio fue más allá del tenis: escribió poesía, publicó libros, formó una banda, sacó discos, asistió a recitales memorables.
“La magnitud de Vilas excede al tenis. Elige sentar una posición en el mundo cultural”, asegura Amalfitano en diálogo con El Eslabón, y cuenta los orígenes de su reciente libro: “La idea surgió mucho más tarde de cuando esto se gestó. Uno tiene proyectos que muchas veces no sabe que los tiene. Empieza a descubrir personajes, o ciertas historias en cierto momento, hasta que uno entiende que con tanto material eso puede convertirse en algo más grande. Eso me pasó con el libro de Vilas”.

Foto: Tamar Mozian
El objetivo –continúa– fue “alumbrar cuestiones que no estaban tan iluminadas, sobre todo en las generaciones nuevas, facetas de Vilas que no se conocían tanto”. Así empezó a entrevistar, bucear en archivos y “profundizar lo más posible para reconstruir un personaje”.
“Uno tiene esa curiosidad por Vilas porque se permitió tocar temas que los deportistas de élite no acostumbran a tocar”, señala el autor, y compara: “Hoy el deportista de élite está enfocado solamente en jugar, ser un robot, una máquina de ganar”.
De todas maneras, aclara que Vilas “también era un obsesivo del trabajo”, que le permitió llegar a la cima. “Pasaba horas y horas en las canchas, y hasta que no le salía un tiro no se iba. Incluso, almorzaba en la cancha, en polvo de ladrillo. Decía que tenía que ser su hábitat natural”.
Pero en su vida no todo era la raqueta. “Exploraba otros ecosistemas, algo que hoy resulta impensado en los tenistas actuales. Es muy difícil que escriban libros de poesía o que aparezcan en recitales, o que tengan una banda de rock o de techno-house como tuvo Vilas”.
Admirador del poeta Pablo Neruda, de las pinturas de Pérez Celis, Antonio Seguí y de Van Gogh, Guillermo Vilas buscó su propio camino en el mundo de las letras. Mientras las estadísticas lo posicionaban como número uno del mundo en 1975 (aunque no reconocido por la ATP), el tenista publicó Cientiveinticinco, libro de poemas. “Vilas se permitió ahondar en temas que no son usuales”, destaca Amalfitano.

“El tipo escribió mucha poesía, que usó para pensar al mundo y a sí mismo, rupturas amorosas, habló mucho de la soledad también, en una época en que el tenista era mucho más solitario que ahora”, repasa el periodista marplatense, y añade al respecto: “Viajaba solo de verdad, a lo sumo un entrenador. Ahora un tenista de primera línea mundial tiene un séquito de 10 o 15 personas que se ocupan de todo, para que el tenista sólo se ocupe de jugar”.
En 1981, todavía en el auge de su carrera deportiva, lanzó su segundo libro de poesías Cosecha de cuatro, con prólogo del músico Luis Alberto Spinetta.
Mientras el danés Torben Ulrich salía a la cancha a disputar su partido, Guillermo Vilas y otros jugadores de su generación se encargaban de cuidar a su hijo Lars Ulrich, quien –con los años– se convertiría en baterista y cofundador de Metallica. “Esa relación la mantuvo durante años. Vilas lo ha contactado muchas veces para ver recitales en Estados Unidos”, cuenta Pablo Amalfitano.
Vilas también fue seguidor y amigo de integrantes de Van Halen y de los Rolling. “A esta altura sos un Stone más”, le dijo una vez Keith Richards. “Todo ese tipo de vínculos que ha construido en su etapa de jugador de élite le permitió conocer gente también de élite. Las personas conocidas también tienen más chance de conocer a otras personas conocidas. Y eso le permitió abrir un poco el abanico y alimentar esa curiosidad que tuvo de chico”, subraya el autor y periodista de Página 12.
Más conocido fue el vínculo con Spinetta, quien hizo padrino a Vilas de su hijo Dante. El tenista le consiguió al Flaco la posibilidad de grabar un disco en Estados Unidos. Pero el poco éxito en ventas y otros malentendidos desgastaron la relación. “Guillermo, eso no fue lo que hablamos. ¿Querés que yo juegue al tenis con la zurda, que no soy zurdo? Vos querés hacer lo mío y yo lo tuyo”, le dijo el cantante.
También tuvo banda propia. En 1992 registró a Dr. Silva, de la que fue voz y guitarra. El nombre del grupo es, en realidad, un anagrama de su propio apellido.
Pablo Amalfitano no fue contemporáneo del Guillermo Vilas tenista. Esa etapa la conoció por fotos, videos y relatos de su padre, el también periodista Vito Amalfitano. “Me llega desde muy chico por identidad visual”, agrega. La vincha, el pelo largo, las pilchas fueron las características que llamaron su atención. “Llegó por la sorpresa que generaba la imagen de un tipo así”.
Además, ambos comparten a Mar del Plata como ciudad. “Eso me ligó a él desde muy chico. Lo conocí durante algunos premios que hubo” en La Feliz. “Participé en una clínica que dio él en Punta Mogotes, peloteamos un ratito”.
El cronista se lo volvió a cruzar en Buenos Aires, donde reside y trabaja. “Una sola vez lo entrevisté, en el marco de un lanzamiento oficial de uno de los torneos que se jugaban en el Vilas Club (hoy Racket Club) de Palermo”.

Foto: Tamar Mozian
Y destaca de esa época: “Uno llegaba al club para ver el challenger de Buenos Aires, por ejemplo, y se lo cruzaba a Vilas como a una persona común y corriente. Andaba por los pasillos del Racket, en las canchas auxiliares peloteando con su hija. Y se podía hablar, lo veías dándole consejos a otros jugadores”.
“Un tipo que ganó el doble de lo que ganó el segundo mejor tenista de la historia argentina, que es Del Potro, que también es una leyenda. Era accesible para todo el mundo”, subraya en ese sentido, y cierra: “Siempre estaba con su vestimenta característica: todo de negro, short, boina. Siempre se vistió como tenista y nunca dejó de serlo”.
Fuente : redaccionrosario.com
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