En una charla entre café y tostadas con manteca, la periodista, crítica de arte y escritora Beatriz Vignoli reflexiona sobre la forma de construir sentido a través de la poesía, a partir de su nuevo libro publicado este año.
Artista múltiple: periodista, crítica de arte, traductora y una de las escritoras más influyentes del país, Beatriz Vignoli se alzó con el Premio Nacional de Poesía en diciembre de 2025, (trienio 2019-2022), por su libro Tálamo. El jurado, integrado por Claudia Masin, María Clara Muschietti y Natalia Romero, otorgó el segundo premio a Alicia Genovese y el tercero a María Teresa Andruetto.
Publicado por la editorial Nebliplateada, en mayo de este año –antes integró Viernes, poesía reunida 1979-2021–, el libro emprende un regreso a la infancia para esparcirse por un mundo de sentido netamente visual. En el primer poema, Agua de sauce, Beatriz escribe: “Ahora dejo en remojo la palabra / como vara de sauce en agua de enraizar…/ las remojo para hacer del agua algo donde lo arrancado enraice, / para hacer del agua un lugar”. Pero a mitad de camino después de un doble espacio suelta: “Silencio,” y en la estrofa siguiente “agua de sauce”.
A lo que ella comenta:
—El sauce, al igual que la aspirina, tiene ácido salicílico, una sustancia que contribuye a la producción de raíces. Cuando cortás varas de sauce y las dejás en remojo, cualquier gajo que pongas en esa agua cría muy fácilmente raíces. Al escribir la imagen como poema y empezar a trabajarla, las imágenes van cobrando un valor simbólico, alegórico, metafórico, se transforman en símbolos de otra cosa. Y el agua de sauce es una suerte de alegoría también: el agua como el espacio del poema, y vas poniendo ahí las palabras adentro y, a medida que entran en el poema, echan raíces.
—La pausa de silencio, es como un intervalo que se alarga. Un efecto de tranquilidad. Pero además, en este poema aparece otra cuestión del movimiento del agua que está circulando en un río casi eternamente, ¿cómo hacer un lugar en un sitio de tanto arrastre?
—Porque me pregunto cuál es mi lugar y doy una respuesta dinámica-dialéctica a la cuestión. El poema se inscribe en una tradición, la del Litoral, al aparecer el sauce, el río, las raíces flotantes del camalote, del irupé. Uso esos elementos para pensar el territorio, la identidad y el origen desde una perspectiva existencial. El proceso mismo del poema revela su procedimiento y explora temas como el silencio y la pertenencia.

Foto: Julia Oubiña | El Eslabón/Redacción Rosario
Cuando Beatriz desglosa su obra, uno entiende que se trata de una cátedra dictada por años de lectura, experiencia viva y calle caminada por las ciudades. Una capacidad de observación dotada siempre del asombro ante la nueva experiencia por vivir.
El poema ¡Cushman! inicia una breve saga de poemas de cierto sentido autorreferencial. A su vez, cada palabra tiene el peso de un yunque. El título y la sugerencia, la alusión a la hija que se tuvo y no sé para qué, podría decir la madre. Cushman es la marca de la moto que la madre usaba para ir a su trabajo. El último aliento de la madre y la memoria en juego de la acción y del tránsito en ese viaje diario: “…alumbrando como súbito relámpago toda la juventud de ella soltera / allí reunida al fulgor de una palabra: ¡Cushman! //… yacente casi sábana, toda piel de ambay y pelo gris de gatito / cuando ya era poco más que una ósea levedad, un clima del aire…”.
En el poema Nuestros parientes locos, uno se halla ante una enumeración habitada por un afecto hecho a base de errores pasados y alguna alegría. ¿Qué límite supera lo autobiográfico cuando las marcas evidencian? ¿Qué fronteras pueden pasarse de largo? El título, a través de la dedicatoria, sugiere una intención marcada: “…no terminamos nunca de enterrarlos. Que sus cenizas se queden quietas en un rato de ocio del viento así las agarramos, / que paren ellos de volar en nuestros sueños…”. Y entonces llega el sentimiento de culpa frente al muerto a quien ya nada se le puede reprochar. “¿Fuimos nosotros quienes hicimos así a nuestros parientes locos?”.
En el poema Enero 1 de 1961, 00:0”, el año nuevo arranca con un incendio provocado por una cañita voladora: “Una catarata de fuego dicen que fue / el primer minuto de 1961 en la casa ancestral //… Cuando se vayan todos, me quedará un puñado / de palabras en la mano, como rompeportones”. El trasfondo es la eterna casa, el lugar inicial del mundo y también el epicentro donde todo podría haber sido una catástrofe.
En Los padrinos, la breve saga familiar continúa con cierta melancolía del reclamo: “Era como lo que un árbol diría / si hablaran los árboles, «si las paredes / hablaran…»”.
“Entre todos estos secretos familiares –dice Beatriz–, hay una casa en particular que estuvo siempre muy presente en mi imaginación porque no dejaba de asociar sus jardines asilvestrados con el paradigma del gótico que era esa casa antigua, llena de leyendas, y con la explosión de imaginación que me aparecía en ese lugar: inmenso, como lo ves cuando sos chiquita. Viví ahí entre los 6 y los 8 años y no paro de soñar con esa casa”.
“Desde el momento en que me surge el deseo de escribir, viene el de hacer algo con esa casa. Y recién ahora pude. Porque también tiene una historia increíble: hubo un crimen ahí, famoso. Todo eso lo sabemos porque lo averiguamos, porque somos unos enfermos, curiosos, y mi hermano Luis se puso a investigar y encontró un montón de información. Incluso traté de escribir un poema en base a esto, con todos esos datos, y no me quedó bien. No importa –para el poema, al menos– qué casa es ni a quién mataron. La idea es hablar de un lugar que tiene mucho misterio y quería mostrar esa sensación, esa vivencia. A diferencia de mucha otra poesía contemporánea, no me interesa hacer crónica en la poesía. No quiero que la poesía sea una noticia periodística. El poema no tiene por qué tener anclajes fácticos, no es una autobiografía. Lo que hago es despegar las imágenes de los anclajes fácticos. Tampoco es tan importante saber (en otro poema, Bibelot ribereño) si es mi abuela la que murió, pero sí que se sienta que hay ahí un después de una muerte, o que se sienta en éste que hay ahí una casa llena de secretos”.
Mientras tanto, en Bibelot ribereño, el poema del afecto, la memoria rescata a quienes habitaron esa niñez y hoy solo queda un recuerdo afectivo de lo que fue, una nostalgia de la que no fue fácilmente reemplazada: “Vuelvo al norte, a sus curvas, / a la casa redonda del arquitecto cuya sangre / corría por tus venas: / una donación, un chiste de domingo, / divino era el milagro de tu presencia”. “Me llevó años escribirlo; iba a tener otro título, se iba a llamar Sol Salmón”, cuenta.
Error de marketing, con el retintín de sus íes, es el poema del chiste con “izvig”, seudónimo que Beatriz usa para abreviar un nombre que no la representa porque suena en la voz de la madre. “Mi nombre se le parece a mi madre. / El cuerpo de mi madre: denso y fino / como un fusil automático liviano. // Mi nombre es un buen nombre / para la posteridad y para el mármol. / Mi nombre va a quedar bien en mi lápida”. Aquí las estrofas tienen la contundencia del fusil automático liviano (FAL). Cada disparo hiere, pero a la vez abre la duda de si algo podría cicatrizar la herida, ¿el tiempo? Y continúa: “Cómo será, que un día lo abrevié: / «izvig». Y me llegaron un montón de e-mails / de un tipo chino que agrandaba pijas…”.
Dice Beatriz: “Me atrae que las palabras en poesía tengan múltiples y hasta contradictorios significados. Usé la imagen de un arma bélica letal para describir el cuerpo de mi madre. Contrasto su levedad con mi propio cuerpo, que siento pesado y firme en el mundo. No me gusta que en poesía las palabras signifiquen una sola cosa. Me gusta cuando la palabra aporta múltiples significados y si son contradictorios entre sí, tanto mejor. Mi madre era una mujer flaca, orgullosa de su delgadez. Entonces aparece, en relación con su imagen, una cualidad, si se quiere, positiva del FAL, que es la levedad casi sin peso, la de un cuerpo que no quiere pesar”.
A la salida de la breve saga autorreferencial nos encontramos con ¿Puente? ¿Qué puente? “Vos proponías un puente por el aire, / ruta de bajo fretless y paisaje; / un riff que el cuerpo unido al fuselaje dibuje / como quien nace traicionando los parámetros / de todas las industrias musicales”.
“Fui a visitar a Bárbara BlueDeep, compositora e intérprete de la canción, en su casa de San Lorenzo –dice Beatriz–. Estaba frustrada porque se había ido a la isla a hacer un video agreste y salvaje para una de sus canciones, lo estaba editando y comentaba que le aparecía la sombra del dron y no la podía borrar. Relacioné esto con Gary Numan y con uno de sus temas con el bajista Pino Palladino, “¿Puente? ¿Qué puente?”, y fui conectando la imagen de las vistas aéreas y el ritmo musical con la experiencia de crear en momentos inesperados y desde lugares periféricos.
Justo en esa época yo estaba escuchando mucho a Gary Numan, pionero del pop electrónico. Es el único que sobrevivió de todo un grupo de aviadores acrobáticos que se fueron muriendo por las piruetas muy audaces que hacían. Gary le da el nombre a la canción, me imagino yo, por las últimas palabras que habrá dicho uno de esos aviadores. El tema tiene un ritmo complejo, tipo afro, es como un jazz muy sincopado; el ritmo activó el deseo como punto de partida de la construcción de un dispositivo capaz de producir sentido. Pero al escribir el poema no estoy pensando en el sentido que el dispositivo va a producir; estoy pensando en la forma, en hacerla lo más compleja y elegante posible a la vez, y además legible. Una vez que construí el dispositivo, lo voy ajustando y cuando veo que por sí solo genera sentido, bueno, ahí está el poema. Yo no me propongo de antemano decir algo. Lo que tengo antes de escribir el poema es una emoción”.
“Lo pienso como los pedazos del collage: una vara de sauce, un camalote pintado, una composición musical, un videoclip o un fotograma de un videoclip y junto todo eso. Hay algo de la técnica del collage ahí. La diferencia es que el collage puede permitirse ser completamente absurdo; el poema no, siempre termina diciendo algo. Al escribir un poema, más bien mezclo elementos y dejo que el proceso genere sentido por sí solo, sin buscar un mensaje específico de antemano; el sentido surge después, y el lector lo interpreta”.
Beatriz Vignoli publicó Almagro (2000), Viernes (2001), Ítaca (2004), Reality (2004), Soliloquios (2007), Nadie sabe adónde va la noche (2007), Bengala (2009), Kozmik Tango (2009), Molinari baila (2011), Es imposible pero podría mentirte (2012), Kelpers (2013), DAF (2014), Lo gris en el canto de las hojas (2014), Árbol solo (2017), Luz azul (2017), Mi gato interior (2019), Viernes. Obra poética reunida 1979-2021 (2022), Expreso (2022), Lemuria (2022), Museo del viento (2023), Reverie (2023), Canción de la derrota (2024), Podré recordarte sin que me interrumpas (2024), Sol Salvaje (2025) y Tálamo (2026).
Fuente : redaccionrosario.com
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